¿Estás quemado en tu trabajo? “Burnout”

El término Burnout apareció a mediados de la década de los 60, su traducción literal es estar quemado o agotado, en relación a las actividades emprendidas como trabajador.

El síndrome de Burnout es característico en puestos de empleo en los que se está constantemente en contacto con los usuarios que demandan un servicio, profesiones relacionadas con la salud enseñanza o seguridad pública son las causantes de un mayor riesgo entre sus trabajadores de padecer este síndrome. Aunque actualmente se considera que puede aparecer en cualquier tipo de profesión y trabajo.

Los síntomas del síndrome de Burnout son de gran variedad, prevaleciendo el agotamiento tanto físico como mental y emocional, lo que lleva al trabajador a experimentar una fatiga crónica, apatía y desmotivación, lo cual se asocia a una evidente insatisfacción laboral, uniéndose sentimientos de desesperanza, incapacidad profesional, y falta de entusiasmo en general por la vida.

Pines y Aronson (1988) defienden la idea de que los trabajadores más propensos a padecer este síndrome, son aquellos que comienzan sus trabajos con fuertes deseos de realización personal, mostrando altas expectativas y manteniéndose idealistas, sintiendo que el trabajo es lo que da sentido a sus vidas, mediante una gran vocación social se encuentran motivados y entusiasmados. Este estado inicial para afrontar un trabajo, al pasar periodos largos e intensos, dicha actitud acaba volviéndose en su contra, ahogándolos, al haber estado bajo una implicación intensa y constante, en una repetida presión emocional que los catapulta al abismo, en consecuencia se vuelven vulnerables a padecer el síndrome de Burnout. El efecto habría sido como el de una montaña rusa, en el que pasarían de estar en lo más alto a precipitarse al extremo opuesto de forma irreversible.

Seguro que os habéis encontrado con personas de este tipo que os hayan atendido en su puesto de trabajo, son fácilmente identificables ya que se caracterizan por su deshumanización, cinismo y apatía, mostrando total indiferencia e incompetencia. Este sentimiento se vuelve crónico, y en consecuencia afectando al rendimiento profesional como al estado de ánimo en general, dominado por la negatividad. Son realmente personas “quemadas” por su trabajo.

Quemados por el trabajo

Actualmente, las tecnologías de la información y la comunicación atraviesan todos los ámbitos de nuestra cotidianeidad. Los ordenadores y los móviles se han vuelto objetos de usos múltiples y adaptables a todos las funciones y espacios que habitamos.

Particularmente en el trabajo, estos avances pueden volverse un arma de doble filo. Mientras, que gracias a ellas, la humanidad logra conectarse con todo el mundo y en la inmediatez,  también somos observados y controlados por estos dispositivos.

Aquí es donde diferentes variables pueden conjugarse hasta dejarnos absolutamente envueltos en una vorágine que al único lugar donde nos llevará es al asilamiento en la cama.

Trabajar para vivir o vivir para trabajar

Esta paradoja ha sido planteada en diferentes ámbitos donde algunas personas se vieron forzadas a trabajar muchas horas porque los sueldos no alcanzan. Pero también se ha observado que hay personas  que en el afán de convertirse en el líder en su profesión se vuelve un “workaholic” (adicto al trabajo) provocando, en ambos casos, un estado de alerta constante. Porque para poder afrontar varias horas laborales, sea por necesidad o ambición, la mente debe estar muchas horas concentrada, repercutiendo en un esfuerzo físico y psíquico difícil de revertir. Justamente, la mente y el cuerpo requieren de horas de descanso, ocio, relajación y bienestar.

Aquí es donde las tecnologías invaden todos los ámbitos y no nos permiten “desconectarnos” del trabajo. Los momentos de descanso son permeables al celular y el ordenador es una extensión de la oficina, donde nos ponemos a trabajar aunque ni siquiera nos corresponda. Se trata de estar activos en la red en pos de ser funcionales las 24 horas y ser el ejemplo a seguir, aunque esto sea en detrimento de nuestra salud general, y la de la familia también.

Justamente, cuando se comienza a vivir sólo para ser funcional al trabajo, la agonía que eso conlleva afecta al ánimo y al metabolismo. En la mayoría de los casos se observa nerviosismo y agresividad repercutiendo en la propia mirada sobre uno. Entonces aparece la baja de la autoestima y a partir de allí el sentimiento de fracaso e impotencia. Metabólicamente hablando, los síntomas nombrados son acompañados por taquicardia, dolores de cabeza, cansancio en la vista y obviamente dificultades para concentrarse.

Entonces, lejos de trabajar para poder solventar los momentos de ocio, descanso y entretenimiento, la cotidianeidad se ve empapada por el trabajo y sus exigencias.

Burnout explícito

El Síndrome de Burnout laboral es un proceso lento. Es decir, que no sucede de un momento a otro, sino que son las decisiones y las responsabilidades que se ejecutan -las cuales conforman un cúmulo de acciones sucesivas y acumulativas- que nos llevan a un agotamiento con graves consecuencias físicas, anímicas y psíquicas.

Muchas veces comienzan con síntomas aislados que hasta que no se articulan bajo el común denominador, nos lleva años darnos cuenta. Y en ese punto, el regreso a la salud puede ser dificultoso. El organismo se acostumbra a las exigencias sobrellevando desde dolores gástricos, insomnio, malhumores, pérdida de cabello, cansancio continuo, pesadillas, dolor en la espalda, por nombrar algunos. El cuerpo asimila la exigencia y acumula hasta que el límite puede rozar la vitalidad. En muchos casos se ha observado los desmayos repentinos con los riesgos que esto conlleva hasta úlceras.

En otros casos extremos, se pierde tanto peso corporal que muchas veces la bulimia o la anorexia lejos de ser por suscitadas por razones de estética, son consecuencias de este estado al límite.

Todo ellos son posibles síntomas que concatenados pueden llevar a un derrumbamiento de la persona explotando su vida por completo.

Donde hubo fuego, cenizas quedan

El punto cúlmine del estado burnout implicará que la persona decida cómo seguir adelante. Los hábitos deberán cambiar para poder sobrevivir. En cualquiera de los casos mencionados, los síntomas dejarán huellas y es posible que si volviese a comenzar la vorágine laboral, allí tendremos la primera señal. Por lo tanto, habrá que evaluar el estado físico y mental para revertir las acciones y decisiones en pos de preservar la salud.

El estado de “quemado” deja esas huellas, las cuales debemos tomar consciencia para reflexionar y evaluar, enumerarlas, nombrarlas, detallarlas y estar atentos. Cuando el fuego se apague, las heridas se curen tendremos dos posibles caminos: revertir nuestra cotidianeidad en función de un desarrollo humano saludable, que las cenizas sólo sean el vestigio de lo sucedido para no repetirlo o, apoyarnos en la omnipotencia y continuar tal como veníamos, sólo que con un impass en el medio. Es decir, revivir las cenizas echando más leña.

Cualquiera sea la decisión, deberá ser con tomada conscientemente. Elegir entre una vida donde el trabajo sea una actividad más dentro de la cotidianeidad, respetando las horas de descanso y ocio o repetir viejos hábitos: nunca apagar el celular, creer que el ordenador es una extensión de nuestro cuerpo y por ende, comprometiendo tanto nuestra potencialidad como nuestra energía.

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