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¿Noche de paz? Cómo pasar una Nochebuena sin discusiones

24 diciembre, 2019


La Nochebuena y la Navidad son dos grandes ocasiones para reencontrase con la familia. Son las fechas anuales donde el compromiso de festejar, compartir y ponerse en contacto con familiares que hace tiempo no vemos se hace presente. Anhelamos una Nochebuena sin discusiones.

Coordinamos en qué casa nos juntaremos, quiénes estarán un día y quiénes el siguiente, qué cenaremos, qué almorzaremos, qué dulces compartiremos. No obstante, toda esta predisposición no siempre ocurre, porque si en general los vínculos son complejos, los familiares aún más. Y lo que debería ser una Nochebuena sin discusiones, tranquila y amorosa, se puede convertir en una llena de conflictos.

No todos están invitados

Coordinamos dónde vamos a realizar la velada de Nochebuena. Confirmamos qué habrá de menú, con qué vinos acompañaremos la cena y qué dulces serán repartidos luego de ella. Pero al repasar la lista de invitados, la persona anfitriona decide quién tiene un asiento y quién no. Reviven peleas pasadas, pero aún vigentes, que no pueden resolverse.

Gracias a la reflexión del año, al espíritu navideño, logramos torcer esta diferencia y efectivamente todos tienen un lugar en la mesa. Sin  embargo, a mitad de la cena, con el vino de por medio, comienzan a sucederse diálogos provocadores, dando lugar a los problemas. Entonces, una parte de la familia intenta redireccionar el diálogo hacia otros temas. Otra, no tiene idea de cuál es el conflicto subyacente, y otra toma partido. La cena que había comenzado tranquila y deliciosa, pasa a estar fría, provocando un revuelto en el estómago. Por ende, no dejemos que los conflictos pasados se vuelven presentes en la mesa. Si aceptamos que aquellos con los cuales tuvimos diferencias compartan nuestra mesa, hagamos de esa noche un paréntesis y así podremos disfrutar de una noche en paz. Luego podremos volver a conversar sobre el por qué nos distanciamos o cómo resolver aquello que nos incomoda del otro. La Nochebuena sin discusiones es una gran excusa para ver en nuestros familiares sus dones, en lugar de sus defectos.

“Quiero hacer un anuncio…”

Todos reunidos alrededor de una gran mesa disfrutando de una rica cena, de una gran charla y de una grata compañía. Llegan las doce de la noche, brindamos y entonces uno de los integrantes de esta familia toma su copa, la levanta y dice: “Tengo un gran anuncio…”. Y allí la tranquilidad que reinaba comienza a convertirse en caos.

Sea cual fuese el anuncio, éste puede dar  lugar a que los presentes opinen, y no siempre será a favor. En general, las diferencias generacionales se marcan por las experiencias vividas y ellas difieren, justamente, en las decisiones que tomamos. Hacerlos partícipes de una decisión durante la mesa de Nochebuena puede provocar que los familiares se aúnen en contra del que anuncia, porque se potencian entre ellos. Y posiblemente, lo que esperábamos no sea lo que suceda.

En lugar de empatizar, puede desencadenarse un listado de por qué no debemos hacer aquello que el anuncio propone y torcer la decisión. En caso que el anuncio lo hagamos nosotros, solo si estamos seguros de lo que decidimos e iremos hasta las últimas consecuencias, tener a la familia unida puede ser una gran ocasión para comunicarlo. No será sin conflicto, pero al menos sabremos qué podemos esperar. En cambio, si nuestra decisión está endeble, será necesario entender que aquello que ideamos pueda ponerse a prueba y quedar en nada. Sea de una u otra manera, debemos siempre tener presente que las familias puede diferir en qué es lo mejor para uno, pero siempre será desde el cariño y la preservación.

“¿Qué hacemos con la casa de la abuela?”

Felizmente pudimos reunir a toda la familia. La cena es distendida, alegre, se vuelve sobre anécdotas repetidas, pero que siempre nos sacan una sonrisa. Los niños juegan alrededor contentos. Conversamos sobre lo acontecido en el año, los avatares y los logros. Todos toman la palabra y participan equitativamente. De repente, la cena se vuelve un poco triste porque comenzamos a recordar a los que ya no están físicamente.

Entre la nostalgia y la angustia, aparecen destellos de felicidad por haber compartido con ellos parte de la vida. Hasta que la filiación pasa de vínculo familiar a vínculo inmobiliario. La casa de la abuela no se ha vendido, solo uno de sus hijos de hace cargo de los gastos mientras los nietos quieren sacar una tajada de aquel inmueble. Comienzan las discusiones por los pagos, el estado de la casa, la sucesión, etc. Y de los recuerdos amenos pasamos a pelear por el devenir de una casa, ya ni siquiera de la abuela. La Nochebuena sin discusiones pasa a ser una utopía.

Cómo logramos tener una Nochebuena sin discusiones

No es sencillo resolver estas situaciones porque rápidamente se intenta contabilizar quién ayudó más a la abuela, quién le brindó mejor calidad de tiempo y hasta quién es el mejor hijo/nieto. Este cálculo, imposible de ser realizado, devela que lo importante es volver sobre los recuerdos en lugar de los bienes materiales. Y proponer éste como un tema para la Nochebuena con la excusa “ahora que estamos todos…” lejos está de propiciar una noche de paz.

La Nochebuena debe ser un encuentro donde la alegría, la empatía, la comprensión y la unión reinen. Sólo de esta manera, dejando de lado las diferencias y los conflictos por unas horas, favorecerán a que la paz entre los familiares sea el denominador común. Asimismo, permitirá que los bellos recuerdos se sigan produciendo para ser retomados al año siguiente, repetidos de generación en generación. Que la noche sea de paz y amor no depende sólo de nosotros mas podríamos intentar contagiar aquel espíritu navideño. ¡A por ello!

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