“Juan sin miedo” y su hipotética enfermedad neurológica

Entre los factores que construyen el modo en que juzgamos las cosas está, sin duda, la cultura. Y no podría ser de otro modo con la conducta humana, de la que se critican incluso manifestaciones muy básicas y muy primitivas que deberían observarse en todo ser sano. Ser valiente, incluso temerario, se considera por lo general positivamente. Sin embargo el miedo, y los muchos calificativos que utilizamos para desvirtuarlo (cobarde, miedica, gallina…) parece un sentimiento del todo indeseable. Nuestro ejemplo paradigmático es Juan, protagonista del originalmente titulado Märchen von einem, der auszog, das Fürchten zu lernen (¡ahí es nada!), cuento de los hermanos Grimm más conocido como Juan sin miedo, al que poca cosa asusta. No obstante nos preguntamos ¿es bueno ser tan desmesuradamente valeroso? ¿Qué tiene un cerebro como el suyo?

Amígdala

En la filogenia (término acuñado para definir el desarrollo evolutivo de un organismo) de nuestro cerebro los humanos han ido adquiriendo estructuras codificantes de ciertas conductas. En este sentido, el miedo tiene un origen remoto que lo hace patente prácticamente en todos los mamíferos. Esto nos indica que esta reacción parte de un antepasado común, y el hecho de que haya seguido persistiendo hasta nuestros días evidencia su importancia pues, de otro modo, la selección natural se hubiese encargado de eliminarlo. Para qué sirve es claro. El miedo nos posibilita evitar situaciones amenazantes que pueden hacer peligrar nuestra vida. Si bien esto no deja de ser imprescindible en nuestros días, imagínese cuán importante llegó a ser cuando la posibilidad de convertirse en la cena de un feroz animal hambriento era poco más que el día a día. Por ello, más allá de la cultura parece haber ciertos miedos constantes que nos alejan de las amenazas en todos los humanos. Algunos animales venenosos, los que pueden convertirnos en sus presas, fenómenos naturales que nos pueden dejar fritos… El miedo es una herramienta adaptativa que desencadena la huida y potencia las posibilidades de superviviencia. Su importancia es tal que llevó al propio Darwin a tratarlos en “La expresión de las emociones en el hombre y en los animales”. Pero, como en la mayoría de los casos, ha de darse en su justo equilibrio. Una respuesta insuficiente puede hacernos cometer riesgos innecesarios que nos hagan peligrar y una respuesta excesiva puede apagarnos, dejarnos inactivos ante algunos estímulos que nos imposibilitan seguir a delante.

Al igual que el resto de nuestro comportamiento, el miedo se produce por la maquinaria que nos mueve: el cerebro. Joseph E. LeDoux, investigador en Neurociencia Afectiva, habla de “el sistema del miedo” para referirse a las vías a través de las cuales el cerebro posibilita esta emoción. Muchos de estos circuitos se encargan de la respuesta aprendida de miedo, conocida como “condicionamiento aversivo”, con la que se puede provocar reacciones de miedo ante objetos neutros, que no desencadenarían esas reacciones en una situación normal. No obstante, existe un órgano cerebral que nos interesa especialmente para comprender este sentimiendo: la amígdala.

Para conocerla cabe tener en cuenta que este órgano forma parte de un conjunto conocido como óganos subcorticales. Nuestro Sistema Nervioso Central muestra un patrón constante en la médula espinal y el tronco del encéfalo (zona intermedia entre la médula epinal y cerebro anterior) que marca la organización de la sustancia blanca cubriendo la sustancia gris, que se encuentra bajo ésta. La diferencia fundamental entre la sustancia gris y la blanca es que la primera se compone de los somas (los cuerpos) neuronales y sus dendritas (ramificaciones que posibilitan la comunicación con otras neuronas), mientras que la sustancia blanca se compone de los axones de las neuronas (largas prolongaciones a través de las cuales se transmiten los impulsos nerviosos). Como los axones suelen estar cubiertos de una sustancia denominada mielina, su agrupación produce el color pálido que caracteriza el nombre de esta sustancia. Sin embargo, el patrón antes identificado es diferente en los hemisferios cerebrales y el cerebelo. En ellos, la sustancia gris se encuentra superficialmente, cubriendo la sustancia blanca, más profunda que la anterior. ¡Todavía queda una excepción! Dentro de la sustancia blanca podemos encontrar los órganos subcorticales ya mencionados, que se denominan así por ser sustancia gris a un nivel más profundo que la superficial, denominada corteza. En estas profundidades, ¡al fin!, está la amígdala.

Provocación de miedo en el escalofriante caso de la prisión de Abu Ghraib en Irak

Formando parte del sistema límbico, que se ha identificado como principal responsable de muchas emociones de la conducta humana, la amígdala se constituye como el principal causante el sistema de defensa (la agresión), las reacciones emocionales y, como no, el miedo. De este modo, junto a otras estructuras del cerebro, la amígdala nos mantiene en un punto constante de alerta ante posibles amenazas incluso durante el sueño. Pero, ¿y si no funciona correctamente?

Algunos de los datos más importantes en Neurociencia y Neuropsicología se han conseguido mediante estudios de lesión. Estos emplean técnicas para dañar una parte del cerebro y comprobar qué ocurre con esa área defectuosa. Por razones éticas, este tipo de estudios no se llevan a cabo con humanos. Debido a esto, una fuente inigualable de estudio la suponen los pacientes neurológicos que por alguna razón patológica tienen déficits en determinadas zonas. Recientemente el neuropsicólogo Justin Feinstein publicó un estudio en el que se exploraba el caso de la paciente conocida como S.M., una mujer de 44 años con la Enfermedad de Urbach-Wiethe, una extraña condición genética que provocó que su amígdala se encogiese y endureciese. Como era de esperar, la mujer no mostró miedo ante cosas que, seguramente, nos harían salir corriendo al resto. Se le expuso a situaciones violentas, figuras de monstruos, armas de diferentes tipos, animales de ataque letal… ¡Ni se inmutó! Pero todavía queda una sorpresa. Junto a otros pacientes que sufrían la misma enfermedad, así como junto a un grupo de pacientes sanos, se expuso a S.M. a niveles de dióxido de carbono (CO2) insuficientes para producir la muerte, suficientes para generar una respuesta psicológica, con la ayuda de una máscara. El desconcierto vino al comprobar que los pacientes de esta enfermedad sí respondieron alterándose a los niveles de dióxido de carbono, incluso de forma más notoria que los sujetos sanos. Los datos parecen indicar que la amígdala está más implicada en un tipo de miedo inconsciente, mientras que un sistema cerebral alternativo se ocupa de una reacción más próxima a lo que conocemos como pánico.

Como sabemos, a Juan sin miedo no le bastaban ni las brujas, ni los ogros, ni los castillos encantados o los fantasmas para amedrentarle. Fue, una vez casado, cuando al arrojarle su mujer una jarra de agua mientras dormía, cuando por primera vez experimentó…¿pánico o miedo? Parece que fuese pánico y, desde luego, si tuviésemos que dar una explicación biológica a un cerebro tan valiente como el de Juan sería una condición como la de S.M. Lo que sin duda nos queda claro es que el miedo está imprimido en nuestro encéfalo. Y parece que mejor que sea así. 


Bibliografía:

Feinstein, J. et alNature Neurosci. http://dx.doi.org/10.1038/nn.3323 (2013).

Feinstein, J., Adolphs, R., Damasio, A. & Tranel, D. Curr. Biol. 21, 34–38 (2011).

Fernández-Abascal, E.G., García Rodríguez, B., Jiménez Sánchez, M.P., Martín Díaz, M.D. y Domínguez Sánchez, F.J. Psicología de la Emoción. (2010)

Sobre Alejandro Medrano Fernández 2 Artículos
Estudiante de Criminología y Psicología.

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