Las funciones del miedo

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Como emoción básica y primaria que es, el miedo está presente en prácticamente todas las especies; otra cuestión es que seamos capaces de interpretar correctamente las manifestaciones expresivas de esta emoción en otras especies. Aún así en las distintas especies de mamíferos se observa la gran similitud expresiva que se produce. Este hecho pone de manifiesto y enfatiza la gran inmovilidad evolucionista de tales manifestaciones, demostrando así su utilidad y funcionalidad a lo largo de la selección natural.

Miedo

Al igual que el resto de las emociones, fundamentalmente las emociones básicas, la principal función del miedo se relaciona con la adaptación y la supervivencia. La emoción de miedo podría ser considerada como una suerte de sensor que avisa del riesgo vital; cada vez que el individuo detecta la presencia de algún estímulo o situación que amenaza su vida o su equilibrio, entre otros procesos de ajuste, se produce la emoción de miedo, cuya función adaptativa consiste en activar al individuo para que éste lleve a cabo alguna conducta que distancie de sí al estímulo. Incluso, la emoción de miedo tendría funciones motivadoras relacionadas con la supervivencia.

Resumiendo, el miedo puede ser considerado como una señal subjetiva que tiene como objetivo hacernos conscientes de que existe algún estímulo o situación con capacidad para producirnos algún tipo de daño, perjuicio o desequilibrio, tanto en el plano físico como en el plano psicológico. Nos permite poner en marcha las conductas y actividades (básicamente, la huida, la lucha o la resistencia) que estimamos oportunas para superar esa situación. No obstante, también puede producirse una respuesta de bloqueo, probablemente como consecuencia de la incapacidad del individuo para encontrar y/o ejecutar una de las distintas conductas que podría llevar a cabo en ese momento. En este caso, la respuesta deja de ser adaptativa; teniendo en cuenta que la relación entre activación y rendimiento mantiene la forma de «U» invertida (Yerkes y Dodson, 1908), precisamente por ser una reacción excesiva, hace que disminuya su eficacia, ya que se sobrepasa el nivel óptimo de activación. Esto es, el excesivo nivel de activación puede bloquear la ejecución conductual de un individuo porque éste no tiene capacidad para canalizar de forma apropiada ese excesivo grado de activación.

Fuente:

Capri, A., Guerrero, C. y Palmero, F. (2008). Emociones básicas. En F. Palmero y F. Martínez-Sánchez (Eds.), Motivación y Emoción (pp. 233-274). Madrid: McGraw-Hill.

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